Capítulo 1
El hombre observaba la plaza desde la ventana. Aquella situación era perfecta para sus propósitos, que no eran otros que mantener vigilada la puerta de la catedral. Dentro del templo se celebraba la boda del hijo de uno de los personajes más importantes de Nápoles, a la que había acudido la alta sociedad de la ciudad.
Giuseppe Romanesi era uno de los mayores empresarios de restaurantes del país. Había heredado el negocio de su padre, que a la vez lo heredó del suyo. Sus comienzos en la industria alimentaria, muy característica de la época, habían evolucionado hasta la situación actual. Ese cambio le había proporcionado un montón de enemigos, sobre todo de la colindante Calabria. Cuando él se introdujo en el mundo de los restaurantes y supermercados, sus vecinos calabreses llevaban explotando ese filón muchos años, por lo que le tomaron por un competidor desleal. No le importo demasiado, su familia siempre había andado en peligro y siempre se habían protegido unos a otros.
Lucca Saviano, el hombre de la ventana, advirtió que el sistema de seguridad del señor Romanesi era perfecto. Varios coches, colocados en sitios estratégicos, evitaban el acceso a la plaza y unos cuantos hombres, sin duda armados, circulaban a pie para controlar hasta los sitios más inaccesibles. Ninguno de ellos era policía, de eso estaba seguro. Aquella gente no los necesitaba para protegerse, los compraba y los sobornaba, pero la familia se encargaba de la protección.
Llevaba años detrás de ellos. No descansaría hasta lograr encerrarlos. Sería un iluso si pensara que todos acabarían en la cárcel, porque era evidente que cuando uno caía, un nuevo sucesor tomaba las riendas. No obstante, su objetivo era capturar al mayor número posible de hombres pertenecientes a
Y allí estaba, tras unos cristales, espiando todos y cada uno de los movimientos del gran jefe. Giuseppe Romanesi rondaba los sesenta años. A pesar de su pelo blanco y su aspecto envejecido, tenía una fortaleza envidiable. Ese día lo había visto entrar a la iglesia con un traje impecable y una gran sonrisa, que anunciaba su buen humor; al fin y al cabo, su hijo se iba a casar con la hija de un gran amigo suyo. Habían sellado un pacto imposible de romper.
Un movimiento en las puertas le indicó a Saviano que la ceremonia había terminado. Agarró su máquina de fotos y se dispuso a inmortalizar a todas las personas que habían acudido al evento. Reconoció a muchas de ellas porque entre los invitados estaban muchas de las personas que llevaba investigando desde hacía años.
Las escaleras de la catedral se llenaron de gente esperando la salida de los novios, y los guardaespaldas, identificables a todas luces, tomaron posiciones. Cuando los novios aparecieron bajo el arco de la puerta, los aplausos ensordecieron por un momento a todos los presentes. Entre todo aquel ruido de vítores y felicitaciones, lo que pasó a continuación quedó del todo amortiguado. Solo cuando alguno de los invitados cayó al suelo, se dio cuenta de lo que estaba sucediendo. A pesar de toda la seguridad, alguien se había atrevido a disparar entre toda aquella multitud.
Con una frialdad, que Jack el destripador habría envidiado, Lucca enfocó el zoom de su cámara y comenzó a fotografiar la secuencia de los hechos. La policía no tardaría en llegar, y esas fotos podrían ayudarles mucho en la investigación.
Le pareció ver hasta tres cuerpos tumbados en el suelo. Los más allegados se arremolinaban en torno a ellos, mientras que otros muchos optaban por desaparecer. Acercó la imagen con el objetivo y vio que uno de los heridos era el consejero de Don Giuseppe. No cabía duda de que habían apuntado alto. A los otros dos no los veía bien. Lucca paseó la lente por los asistentes; parecía que estaba en medio de todo aquel lío sin dejar de ser un mero espectador. Su recorrido se detuvo en una mujer: Alessandra Romanesi. Una mujer morena de grandes ojos negros que lo había obsesionado desde la primera vez que la había visto. En ese momento miraba hacia arriba, en su dirección, como si supiera que él la estaba observando.
Las sirenas de la policía comenzaron a oírse. Lucca pensó que había llegado el momento de hacer acto de presencia. Guardó la cámara y sus accesorios y se dispuso a enfrentarse a aquel maremagnum.
Supo que estaba allí antes de verlo. Cada vez que aparecía cerca de ella, una especie de escalofrío le anunciaba su presencia. Se giró despacio y lo vio avanzar hacia donde estaba parada. Su imponente figura se acercaba con paso inexorable y tuvo la certeza de que no tenía escapatoria. Sus ojos, de un raro color marrón claro, estaban clavados en los suyos como si quisiera arrancarle todos sus secretos.
—Inspector Saviano —saludó con un leve movimiento de cabeza—, sabía que no tardaría mucho en aparecer.
El sonido de la voz de aquella mujer lo ponía nervioso. Bajo y controlado, como toda su persona.
—Señorita Romanesi —le devolvió el saludo—, siento encontrarla en unas circunstancias tan difíciles para usted y su familia.
Ella lo miró con los párpados entrecerrados. Aquella muestra de simpatía no podía ser sincera. La única misión en el mundo del inspector parecía ser perseguir a su familia. Siempre que se lo encontraba era por motivos difíciles, como él los había llamado.
Ante el silencio de la mujer, Lucca decidió que el momento de los formalismos había terminado.
—¿Qué ha pasado? —preguntó con algo de brusquedad. Quería terminar cuanto antes con aquella testigo.
Ella hizo un gesto con las manos, señalando todo aquel caos que la rodeaba. Ambulancias, carreras, gritos…
—Es evidente ¿no cree? —contestó con sarcasmo.
Por aquel camino no iban a llegar a ninguna parte, pensó Lucca, que, sin vacilar, cambió de estrategia.
—¿Quiénes son los heridos?
En esa ocasión, sí que vio aflicción en su mirada.
—Mi tío Cesare y dos primos lejanos.
Así que había visto bien. La mano derecha y consejero del Don, además de su hermano, era uno de los heridos. Él era quien llevaba las finanzas y quien contrataba a los jefes de los grupos. Sin duda había sido un golpe duro y certero a la familia.
—¿Alguna idea de quién ha podido hacerlo? —preguntó a sabiendas de cual sería la respuesta
—Ninguna. —La mirada de Alessandra se mantuvo fija en los ojos de Saviano, sin pestañear, retándole a que le dijera lo contrario.
—Señorita —habló con una paciencia que no sentía— me gustaría atrapar a quienes han hecho esto a su familia.
—No se preocupe, serán descubiertos y castigados –dijo sin dudarlo ni un segundo.
—Ese es mi trabajo —sentenció.
—Mi familia se encargará de todo —manifestó con seguridad— Nosotros solucionamos nuestros problemas.
“Eso es lo que me temo” se dijo Lucca a sí mismo.
—No me gustaría que se metiera el líos Alessandra.
Al llamarla por su nombre parecía que la conversación se había vuelto más personal. Un destello brilló en los ojos de la chica, pero fue tan rápido que podía haberlo imaginado.
—Yo nunca me meto en líos, inspector. Soy abogada. —Lo miró con dureza. Había vuelto a levantar el muro que había entre ellos.
Lo sabía demasiado bien. Habían coincidido en los juzgados alguna vez, y lo que se temía era que usara su título para librar a los miembros de
Las ambulancias abandonaron la plaza. Don Giuseppe, con cara de preocupación, hizo un gesto a su hija para que se acercara a la limusina.
—Tengo que irme —anunció— y no puedo ayudarle en nada más.
Con un gesto de su mano le indicó que podía marcharse. Aquello era de lo más frustrante. Tendría que estar acostumbrado, pero una y otra vez se sublevaba. Debía de haber alguna manera de detener todo aquello.
―Misión cumplida, signore ―anunció el individuo.
Vittorio Buscetta respiró con alivio. Sentado en un inmenso sillón de cuero, había sujetado el teléfono con una fuerza inusitada hasta recibir la esperada noticia. El trabajo que había encargado era delicado, por eso había escogido a dos de sus mejores hombres. Esperaba que no le fallaran, y así había sido.
Los hombres como Giuseppe Romanesi necesitaban un aviso en condiciones para captar que se estaban metiendo en un terreno que no era el suyo. Ya le había enviado alguna advertencia previa, pero no se había dado por aludido. Esperaba que esta vez hubiera captado el mensaje.
―¿Algún muerto? ―preguntó con voz suave.
―Aún no lo sabemos signore ―no le gustaba fallar a su jefe y había hecho el trabajo lo mejor que había podido dadas las circunstancias―. Hemos contabilizado tres ambulancias.
―Bien ―contestó Don Vittorio. Aunque no hubiera nadie muerto, se daba por satisfecho―. Podéis tomaros unas vacaciones. Buen trabajo.
A partir de ese momento, él se encargaría de hacer el seguimiento. Le gustaba que un mismo trabajo lo hicieran equipos diferentes, de modo que unos no supieran en qué andaban los otros. De esa manera era mucho más difícil seguirles la pista. Podía caer uno, pero, el resto de la organización, sobre todo él, estaba a salvo.
Capítulo 2
Vicenzo Scotti, ministro del Interior, paseaba nervioso ante la atenta mirada del jefe de policía. El ambiente estaba tan caldeado que iba a explotar haciendo saltar por los aires todo el trabajo realizado.
—No podemos continuar así —dijo mientras se detenía ante su visitante—. Si sigue muriendo gente, la opinión pública nos va a machacar.
—Llevamos un siglo con el problema y se ha hecho tan grande que ni usted ni nadie va a poder apuntarse el tanto de su erradicación—. Contestó el policía.
—No soy tonto, conozco la realidad. La situación en la que nos encontramos es gravísima —explicó el político—. Solo en las cuatro regiones del sur se apuntan más del setenta por ciento de los homicidios premeditados ocurridos en Italia.
—Y usted no cree que sea casualidad.
—¡Pues claro que no! —exclamó con contundencia Scotti—. Ayer hubo otro ataque. Tres muertos. ¿Sabe quiénes eran?
El jefe de policía estaba seguro de quien andaba tras aquellos atentados. No había que ser muy avispado para deducirlo.
—Por supuesto que lo sé. Miembros de
—¿Podría decirme quien capitanea a esos matones?— El ministro estaba impaciente por encontrar el mayor número de respuestas y por poner fin a aquel último altercado.
—Podría apostar a que
—El gobierno ha aprobado una serie de medidas políticas para combatir el crimen organizado, no obstante, seguimos necesitando su colaboración. Ahora más que nunca.
El jefe de policía se puso en pie.
—Empezaremos por el último asesinato. No hay que ser muy listo para saber que los Romanesi buscarán venganza. Nos pegaremos a ellos como lapas.
El ministro le acompañó hasta la puerta. La esperanza de conseguir algo positivo era mínima, pero por algún sitio había que empezar.
—Espero noticias suyas.
—Las tendrá. — aseguró el jefe de policía. Ya sabía quien iba a ser el encargado de la vigilancia. Conocía a la persona adecuada. Lucca Saviano había dedicado su vida a la lucha contra la mafia y estaría más que dispuesto a colaborar.
Capitulo 3
La llamada que acababa de recibir había cambiado su estado de ánimo. Al fin parecía que los políticos y los jefes tomaban cartas en el asunto, lo que facilitaría mucho su trabajo. Por supuesto, había aceptado su propuesta con entusiasmo. Su misión: infiltrarse en la organización como policía corrupto. No sería el primero en formar parte de la plantilla de don Giuseppe.
Desde la central se encargarían de falsificar sus antecedentes, que con seguridad consultarían antes de proponerle sus primeros trabajos. Pequeños detalles puestos aquí y allá le señalaban como un buen candidato para ser sobornado.
El siguiente paso era ponerse en contacto con ellos, y sabía cómo hacerlo.
Alessandra salía del juzgado distraída, y no vio al hombre que se acercaba. Un ligero golpe la sacó de su despiste.
—Perdón —se disculpó de forma automática antes de reconocer a la persona con la que había chocado—. ¡Teniente! No le había visto.
Una sonrisa lenta y atractiva iluminó la cara del aludido.
—No se preocupe, ha sido un placer.
Ella lo miró con cierta sospecha. El policía no parecía el mismo. En los últimos días se lo había encontrado muy a menudo, y su aspecto era más relajado.
—¿Está seguro?
—Claro. Iba a comer. ¿Me acompaña?
Aquella sí que era una pregunta extraña. Que había una atracción entre ellos era evidente. Existía desde la primera vez que se habían visto y era una tontería negarla. Sopesó tanto la pregunta como la respuesta. ¿Por qué no? se dijo.
—De acuerdo —aceptó.
Ese consentimiento lo dejó bastante sorprendido. No lo esperaba. Había sido demasiado fácil, pero era una magnífica ocasión para lograr el acercamiento que perseguía.
Introducirse en una organización criminal no se hace de la noche a la mañana, pero él tenía una de las mejores llaves para abrir la puerta; La hija del Don. Desde la mañana que la había invitado a comer, habían salido varias veces, incluso había hablado con Don Giuseppe en alguna ocasión. Alguien había estado investigando en su ficha policial, probablemente algún compañero, y por la forma en que era aceptada su amistad con Alessandra, debía haber pasado el examen.
Unas semanas después lo invitaron a cenar en casa del mafioso, y unos días más tarde, sorteó su primera prueba. De forma accidental, fue testigo de un delito menor al que hizo la vista gorda. La siguiente vez, la infracción fue más grave, pero su respuesta fue la misma. Un día, el señor Romanesi le pidió un “favor”, que él atendió de forma diligente. Poco a poco y con mucha paciencia, fue aceptado en la familia.
Nunca se hablaba de cosas importantes delante de él, para eso faltaba mucho tiempo, pero siempre podía captar detalles que, por muy pequeños que fuera, podían ayudarle en su trabajo.
—Mañana. Cuando anochezca. —Un silencio prolongado—. En el Castell dell’ovo.
Lucca prestó atención a la conversación que, por teléfono, tenía lugar en la habitación de al lado. Acababa de llegar a la casa para acompañar a Alessandra, y la persona que hablaba, seguramente Don Giuseppe, no sabía que tenía compañía.
Por lo que parecía, al día siguiente, en ese lugar, tendría lugar una especie de cita. Era un sitio muy peculiar, lo conocía y si lo pensaba bien, era el más adecuado. Una antigua fortaleza situada en un islote, con un único punto de acceso y rodeado de cortados al mar. Saviano sabía que era muy complicado reservarlo, pero con el dinero y las influencias de la familia Romanesi, aquello era un mero trámite.
Se despidió con precipitación de Alessandra, quien quedó algo extrañada por aquella salida tan brusca y se dirigió a la comisaría. Tenían trabajo.
La reunión tenía lugar en la sala dedicada a comedor del castillo. Por fin, Don Vitorio Buscetta, capo de los calabreses, y Don Giuseppe Romanesi, capo de la camorra, se habían reunido para hablar de negocios. Al evento habían asistido el consejero de Buscetta -Romanesi aún no había encontrado sustituto- y algunos jefes de equipo. En realidad la reunión era una primera toma de contacto para firmar un acuerdo. El tráfico de armas y las drogas eran de los calabreses. El napolitano podía quedarse con los restaurantes. Si trabajaban unidos, tendrían más poder y serían más difíciles de detener.
Lucca esperaba su oportunidad. La brigada antimafia estaba avisada y todo el protocolo de actuación se había puesto en marcha. No obstante, el asunto se había vuelto personal, de modo que él se había adelantado. Subió por la resbaladiza calle de acceso al castillo y buscó el sitio apropiado para esconderse. Entre tanto arco y tanto personal de servicio no le costaría mucho, lo malo era la amplitud de la sala central. Tendría que conformarse con espiar de lejos.
Tras la cena, los dos capos se levantaron y se dirigieron a la parte más alta de la fortaleza. Lucca se deslizó por uno de los arcos. Los hombres estaban tan seguros de que el edificio estaba bien defendido que subieron solos a la terraza de los cañones. Allí podrían hablar con entera libertad. Los siguió y se acercó lo máximo posible. Sus voces llegaban a él con bastante nitidez. No podía creer en su buena suerte. Los planes de la negociación se grabaron en su cabeza como si los hubiera escrito con fuego.
Cuando los hombres se alejaron conversando entre risas, ya relajados tras haber concretado su alianza, el policía se dejó caer sobre la pared. La tensión acumulada no le dejaba ponerse en pie. Un pequeño ruido le hizo levantar la cabeza. Delante de él, erguida como un ángel vengador, estaba Alessandra. ¿Cómo iba a explicarle su presencia allí?
—Alessandra —dijo en voz baja.
Ella hizo un movimiento rápido y lo único que pudo oír antes de ver un destello cegador, fue el silencio de un disparo.

Vamos a ver:
Tengo ciertos problemas con los formatos. No con los que me enviáis, sino con las opciones que lacoctelera.com me da. Cosas técnicas... Para bien, el texto no tendría que estar en cursiva todo, tendría que ser posible quitar negritas y cosas así... Y el título debería tener dos líneas, para poner título de la obra y el autor... pero no puedo hacer más, si seguimos (o seguís) trabajando con los administradores (gratuitos, eso sí) de lacoctelera.com.
También es cierto que blogspot.com y otros administradores (gratuitos) tienen otras pegas... No pasaría nada si se lo curraran un poco, e hicieran un editor de textos que no haga parecer al Word (que es una cosa del Mal) la obra maestra de la máquina de escribir electrónica: Por ejemplo, el editor de textos de lacoctelera.com también pone el espaciado entre párrafos de forma automática, cosa que es de darles una paliza gorda.
Y disculpa, Carmen, que suelte todo este rollo en el comentario de tu cuento. Pero en algún sitio me tengo que desahogar.
Abrazos, besos, correcciones, novelas, esquemas, ideas, etc,
Alberto López Aroca
¡Ah! Y haced el favor de enviarme relatos ASÍ DE LARGOS (COMO EL DE CARMEN) para publicar... que luce más al lector. Os lo digo yo.
Alberto
Al menos, parece que ahora está completo... He hecho lo que he podido, Carmen. Pero me temo que debemos cambiar de alojamiento, pues lacoctelera.com no nos da el servicio que esperábamos... Por ejemplo, no respeta la separación de capítulos y tal...
Besos y abrazos,
Alberto
Me ha gustado mucho. El ritmo es bueno, y sobre todo me parece que está escrito de forma muy visual. El final, demoledor (en el buen sentido, se entiende)
Me encanta el relato, tiene ritmo. Creo que daría para una novela corta ¿no te lo has planteado?, profundizar más en las personalidades del poli y la de la mujer, qué los une, qué siente cada uno... me quedé con ganas de saber más cosas de ellos, da mucho juego. Lo dicho, genial.
Diana
Diana, esa era la idea inicial, pero veía que no me daba tiempo, así que aceleré. Lo mismo cuando tenga algo más de tiempo lo hago. Gracias por la sugerencia.