COMPÁS
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L |
a mujer se ha arreglado para la ocasión. Un vestido negro de tirantes muy finos deja al descubierto su espalda. El enorme escote realza sus pechos menudos. La falda le llega por debajo de la rodilla, la fina tela se pega a su cuerpo insinuándolo. Zapatos de tacón dorados y medias de rejilla. Demasiado maquillada tal vez, los labios muy rojos de carmín. Ha encendido un cigarrillo y deja vagar su mirada hacia lo lejos. Finge no saber que ha entrado su hombre, de traje de raya diplomática, algo anticuado. Él le sigue el juego. Se acerca con paso felino. Los hombros hacia atrás, la barbilla levantada, la mirada altiva. Se coloca detrás de la mujer. Ella sigue fingiendo que no ha notado su presencia. Él contempla la espalda desnuda de la muchacha, mira con descaro su trasero sensual y vuelve a subir la vista. De un manotazo le arranca el cigarrillo de la mano y lo apaga con el pie. Ella se mantiene impasible, desafiante. La toma con brusquedad, la hace girar y la aprieta contra su cuerpo. La joven lo rechaza y retrocede dos pasos. Él avanza resuelto, conquistador, seguro del poder que ejerce sobre ella. En un gesto de abandono la joven echa la cabeza hacia atrás, ofreciéndole el cuello blanco y delicado. El hombre acerca los labios pero se retira sin rozar la piel. Afloja el abrazo y la toma tímidamente de la cintura con una mano. Ella, entregada, se cuelga de sus hombros y lo mira fijamente a los ojos. Pega su pelvis a la del varón y, lentamente, con sensualidad, levanta una rodilla rozando provocativamente su muslo. Sus cuerpos se acompasan, sus caderas se mueven a un mismo ritmo. De pronto, como avergonzados por un gesto tan osado, se distancian unos pasos. Él la toma de la mano y la atrae nuevamente. La mujer vuelve a ofrecerle el cuello pero esta vez es el hombre el que la rechaza, se aleja unos metros y se detiene. Ella corre detrás y, con una pose muy estudiada, se arroja a sus pies sin perder la compostura, sin alterar la elegancia de sus movimientos. El hombre se conmueve, se gira y la levanta con dulzura hasta que ella despega los pies del suelo y la mantiene un instante en vilo. Los ojos en los ojos. La pasión en la boca, el deseo en todo el cuerpo. La orquesta toca los últimos acordes del tango y el público estalla en aplausos. La pareja permanece congelada en la erótica figura unos segundos y finalmente se relajan. Sonríen a la vez. El hombre la toma de la mano y la invita a saludar con un gesto de la cabeza. Luego avanza él también hasta el borde del escenario, coloca su mano derecha sobre el corazón e inclina la cabeza. El público de pie, redobla los aplausos. El bailarín busca la mirada de su compañera, no quiere que ese momento acabe, no quiere tener que despedirse de ella otra vez y esperar hasta la noche siguiente para poder desearla nuevamente, para volver a sufrir con su indiferencia impostada, para arrancarle de un manotazo el cigarrillo y volver a temblar cuando sus caderas se junten y ella respire su aliento.
FIN

Me encanta. Este es uno de esos relatos que una nunca se cansa de leer. Original (como todo lo tuyo) y sobre todo muy sensual.
Pues sí, parece que va habiendo ánimo de compartir los trabajos... Me alegro un montón.
Por cierto: podéis enviarme cosas para que hagamos un fanzinillo de clase, o incluso se puede tirar de lo que vaya saliendo en el blog, para aquellos que no entren en el blog por uno u otro motivo.
Saludos ortotipográficos y gramaticales (y de estilo, si hubiere menester)
Alberto
He empezado a leer y he pensado: "Alguien se atreve con el erotismo". Después, conforme avanzaba en la lectura, he caído en la cuenta y me he vuelto a decir: "Un tango. Esto es un tango" y ¡he acertado!.
Te ha quedado perfecto.
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