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La Coctelera

albataller

2 Junio 2008

Resaca (Francisco Javier)

Capítulo 1: Lola

Lola está sentada en su cama, acaba de abrir los ojos. Son las diez de la mañana. Normalmente no le gusta madrugar. Le duele la cabeza por el pelotazo de la noche anterior. Cree que los sesos le van a estallar en cualquier momento y se siente como si le hubiesen dado una patada en el estómago. No sabe lo que hizo exactamente ayer y en ese momento no le importa demasiado. Su hermoso cuerpo emana un olor desagradable, una mezcla de alcohol, tabaco y sudor.

Con un gesto torpe se levanta, todavía aturdida. Va al baño, se mira la cara. Tiene unas enormes ojeras, el pelo grasiento y el rímel se le ha corrido mientras dormía. No le gusta lo que ve. Siente que desperdicia su juventud y aun así no pone ningún remedio. En ese momento rompe a llorar y empieza a lavarse la cara, lo que le hace sentirse algo mejor.

Todavía en bragas y camiseta, va a la cocina a prepararse un café bien cargado. Se toma el café con la mirada perdida que tanto le caracteriza. Bebe, mientras intenta recordar la noche anterior, pero no sirve de nada. Pasa una hora y sigue todavía en la cocina, sentada, como un zombi.

La temperatura exterior es de 22 grados y el sol penetra por una persiana entreabierta. Está en penumbra sin que eso le moleste lo más mínimo. De repente, suena su teléfono móvil, pero está demasiado cansada como para levantarse y hablar con nadie. Pasados unos diez tonos deja de sonar. Ella sigue pasiva, bebe un café que ya está destemplado e intenta en vano recordar la noche anterior.

Después de media hora, se levanta y se dirige a su habitación. Su ropa está amontonada en dos sillas y por el suelo hay algunas prendas usadas. Abre la ventana para airear un poco el cuarto mientras que le viene a la cabeza una conversación. Ahora empieza a recordar parte de la noche anterior.

Capítulo 2: Eva

Eva tiene veintiocho años, es sagitario. Tiene unos preciosos ojos verdes, aunque su cara es bastante corriente. Sin embargo, su cuerpo es escultural. A Eva le gusta disfrutar de la vida al máximo desde que casi pierde la vida en un accidente de moto.

Hace deporte a diario y cuida su alimentación, aunque sin llegar a extremos obsesivos. Eva es la mejor amiga de Lola. Suelen quedar para ir al cine, pasear, charlar, salir de marcha. Pasan prácticamente todo su tiempo libre juntas. Disfrutan con las mismas cosas aunque son algo diferentes.

Son las nueve de la mañana y Eva se despierta aturdida, con un zumbido que no se le va de la cabeza. Corre al baño, se arrodilla ante el inodoro y vomita hasta que no le queda nada dentro de sí. Cuando cree que ha terminado, siente que va a salir más de su garganta, pero no consigue arrojar nada más. No se ve con ánimos de levantarse, se siente fatal y su cabeza da vueltas y más vueltas. Tienen que pasar quince minutos para que pueda levantarse y lavarse un poco la cara. Mete la cabeza debajo del grifo y deja el agua correr durante un rato. Debe ser la peor resaca de su vida, o al menos eso cree.

Después, se tumba en su cama de nuevo y cierra momentáneamente los ojos. Pero no puede conciliar el sueño, así que decide llamar a Lola. Suenan los tonos y no obtiene respuesta alguna.

Horas después decide pasarse por casa de Lola.

─Abre, soy yo.

─Sube.

Eva sube dos pisos y llega a la casa de Lola. Lola comparte piso con dos chicas que trabajan en una de las tiendas más pijas de la ciudad.

─¿Qué tal, Lola?

─Pues ya ves, hecha polvo. ¿Y tú?

─Ya mejor. Pero joder, vaya resaca! De las chungas.

─¿Te acuerdas de lo que pasó anoche?

─Pues no mucho, la verdad ¿Y tú?

─Tampoco. Lo he intentado, pero no consigo acordarme de todo. Es muy raro.

─Sí, a mí me pasa igual. Demasiado alcohol.

─Sí.

Hablan y hablan durante horas hasta que deciden salir a cenar.

Capítulo 3: Juan

Juan trabaja como repartidor de pizzas por las noches y estudia para terminar Farmacia por el día. Aparentemente es un chico de lo más sencillo. Saca buenas notas y es muy trabajador, aunque es muy reservado y casi siempre está solo. Se aburre con las conversaciones de los demás y sale muy pocas veces. Hace tiempo que no se habla con su padre y su madre murió hace unos años.

A Juan le gusta encerrarse en su cuarto y experimentar con los fármacos. Él los manipula y hace combinaciones con ácidos. Después los ingiere y experimenta diferentes sensaciones. Últimamente está obsesionado con darle a probar a otras personas sus recientes creaciones. Está trabajando duro en lo que el denomina “ácidos de la felicidad”, una sustancia que desinhibe y despierta el deseo sexual.

Hoy es sábado y ha decidido arreglarse un poco y salir a localizar a posibles candidatas para probarlo. Se dirige a Melow´s, el bar de moda de su ciudad. Una vez allí, observa el ambiente. En ese momento fija su vista en las dos chicas más atractivas del local y se dirige hacia ellas con una sonrisa en la cara.

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30 Mayo 2008

THALÍA (Paula)

PRUEBA NÚMERO UNO

EXTRACTO DEL DIARIO EN CUYA PORTADA APARECE EL NOMBRE DE THALÍA.

25 de abril, once de la mañana

Sé que vendrá esta noche. Lo espero. Sé que querrá matarme, ya lo ha intentado otras veces.

La última vez me salvó Doña Elvira, la vecina. ¡Qué suerte que se presentara justo a tiempo! A veces conviene tener una vecina de las que se entrometen en tu vida. Es un poco cotilla, pero hay que comprenderla. La pobre se aburre. La televisión es su única compañía, y a veces cansa. Además, como se pasa el día viendo programas de sucesos, parece como si hubiese desarrollado un instinto sobrenatural para presentir estas cosas.

El caso es que llegó en mitad de la pelea. Yo ya sabía, desde el primer grito, que aquello iba a terminar mal. Y así habría sido si Doña Elvira no se hubiese puesto a golpear la puerta y a amenazar con llamar a la policía. Eso fue lo que me salvó. Marcelo teme a la policía. Desde que estuvo en la cárcel por ese lío con la cocaína, no puede ni ver a alguien vestido con el uniforme azul. Es enfermizo.

Lo pasó mal en la cárcel. ¡Pobre! Y lo más triste es que él realmente no tenía nada que ver con aquel follón. Él no era más que un triste camello, el último eslabón de algo mucho más grande, que como siempre siguió quedando enterrado. Cuando la policía entró en el piso, él estaba allí de pura casualidad. Él fue el primer sorprendido cuando encontraron todos esos kilos de polvo.

El mismo día que salió vino a buscarme. Yo lo esperaba ilusionada, pero enseguida me di cuenta de que había cambiado en el tiempo que estuvo encerrado. Era mucho más violento. Estaba resentido con todo el mundo. Y lo peor es que, por algún extraño motivo, pagaba su enfado conmigo, con la más débil, con la única que le ha escuchado siempre.

Me culpa de todo lo que le ocurre. De que su padre le golpeara una y mil veces cuando era niño, que lo echara de casa cuando le dijo que era maricón, me culpa de la vida que lleva, de antro en antro. Dice que yo le ofrecí su primera raya, y la segunda, y que poco a poco lo llevé de la mano hasta la vida de mierda que lleva. Ya me gustaría a mí tener una vida ordenada, trabajar en una oficina, y dormir de noche como todo el mundo. Pero a los transexuales no nos contratan así como así. Además, lo mío es el espectáculo.


PRUEBA NÚMERO DOS

DECLARACIÓN DE DOÑA ELVIRA GARCÍA, VECINA DE LA VÍCTIMA.

¡Ay Dios mío! Si esto lo veía yo venir, señor comisario. Verá, yo vivo en este edificio desde hace más de treinta años, y aquí hemos tenido gente de toda, prostitutas también, pero eran discretas las chicas. Pero hijo, desde que vino ésta, ya sabía yo que íbamos a tener problemas.

Bueno, me imagino que ya sabrá usted que no era una mujer. Ella, bueno él, o sea, usted me entiende, decía que se llamaba Thalía, pero yo me figuro que ese nombre era inventado, un nombre artístico o algo así, porque ese nombre no lo he encontrao yo en el santoral.

El caso es que, hombre o mujer, en este piso siempre había bronca. Yo creo que llevaba mala vida, porque salía siempre de noche, a eso de las diez, muy bien compuesta y con mucho perfume, y volvía ya de día, y casi siempre acompañada de otros hombres, que no es que a mí me importe, ya ve usted. Cada uno que haga lo que quiera. Y si era puta, bueno, prostituta, pues bueno, eso es cosa de cada uno, pero claro, si empiezan a montar líos y eso, por ahí sí que no paso.

En fin, que como le decía, en este piso, raro el día que no había broncas. Hace una semana, sin ir más lejos, escuché voces. Se la oía gritar a ella, pero mucho más a otro hombre. No sé decirle bien quién era, porque ni lo oí llegar. A lo mejor era su hermano. Ella me contó una vez que tenía un hermano, que había estado en la cárcel y que lo había pasao muy mal allí. Desde entonces, me dijo, se había vuelto un poco violento. No sé más. El caso es que el hermano, o quien fuera, gritaba que le había destrozado la vida, y que la iba a matar. Yo, claro, me asusté, y empecé a dar golpes en la puerta. Cuando dije que iba a llamar a la policía se callaron de repente.

Pero hoy, Dios mío, hoy es que no he oído nada hasta que era tarde. Mire usted, yo ya soy mayor, y no duermo bien, así que cuando me acuesto, me tomo unas pastillas que son mano de Santo. Así que si hubo discusión o no, eso no se lo puedo decir. Sólo sé que oí un disparo. Imagínese qué susto. Aún se me acelera el corazón de acordarme. Entonces les llamé a ustedes. Lo demás lo saben ustedes mejor que yo.

DIARIO DE THALÍA

25 de abril, siete de la tarde.

Ha estado aquí. Me ha dejado una nota sobre la cómoda de mi dormitorio. Tengo que matarte —dice— aunque me cueste a mí también la vida.

Sé que es capaz de hacerlo, y estoy asustada. Pero no me atrevo a ir a la policía. ¿Qué van a hacer? ¿Ponerme un escolta de día y de noche? Además, empezarían a hacer preguntas. No, esto me lo tengo que solucionar yo sola. Como todo en la vida.

Para empezar, esta noche no iré al local. Seguro que es allí donde me buscará primero. Además, esto es cosa mía, no voy a permitir que nadie se vea mezclado en esta basura. Hablaré con él e intentaré hacerle entrar en razón. Como siempre he hecho.

INFORME DEL COMISARIO DANIEL ESTÉVEZ SOBRE EL CASO DEL CADÁVER ENCONTRADO EN LA CALLE MIGUEL HERNÁNDEZ EL DÍA 26 DE ABRIL DE 2008

Alrededor de las cinco de la madrugada del día veintiséis de abril, se recibe en esta comisaría un aviso por parte de una vecina de la calle Miguel Hernández número ciento dos. La señora se identifica como Doña Elvira García, y asegura haber escuchado un ruido, como un disparo, procedente de la vivienda contigua a la suya.

A eso de las cinco y cuarto, yo mismo, junto con dos efectivos de este cuerpo, nos personamos en dicha vivienda, y tras llamar al timbre y no obtener respuesta, decidimos entrar en la casa. La vecina nos manifiesta que tiene una llave, así que ella misma nos facilita la entrada.

En el salón de la vivienda, junto a la ventana, encontramos un cuerpo sin vida, de apariencia femenina, en cuya frente presenta un disparo y un hilo de sangre que cae sobre la nariz. La mujer viste un camisón de raso de color negro. Junto a ella, a escasos centímetros de su mano derecha, aparece un revólver.

La habitación está completamente desordenada. Se recogen del suelo varios objetos para la investigación: restos de un jarrón de cerámica hecho añicos, un vaso de cristal y un trozo de alfombra sobre el que hay líquido derramado. En la mesa hay un plato con comida y una botella de güisqui. Sobre el mantel también hay una tarjeta de un hipermercado y restos de cocaína.

En el dormitorio encontramos, sobre la cama deshecha, un cuaderno en cuya portada se lee: DIARIO DE THALÍA, y sobre la cómoda, entre utensilios de maquillaje y perfumes, aparece una nota manuscrita. Observamos que la letra de ambos escritos es similar, y también las recogemos como prueba.

Tras analizar las huellas dactilares recogidas de la escena, sólo aparecen las de la víctima, que según los archivos de la policía se corresponden con el nombre de Marcelo Hernández López.

El informe de la autopsia revela que se trata de un suicidio.


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24 Mayo 2008

Ofensiva de otoño (Carmen Pérez García ©2008)

Capítulo 1

El hombre observaba la plaza desde la ventana. Aquella situación era perfecta para sus propósitos, que no eran otros que mantener vigilada la puerta de la catedral. Dentro del templo se celebraba la boda del hijo de uno de los personajes más importantes de Nápoles, a la que había acudido la alta sociedad de la ciudad.

Giuseppe Romanesi era uno de los mayores empresarios de restaurantes del país. Había heredado el negocio de su padre, que a la vez lo heredó del suyo. Sus comienzos en la industria alimentaria, muy característica de la época, habían evolucionado hasta la situación actual. Ese cambio le había proporcionado un montón de enemigos, sobre todo de la colindante Calabria. Cuando él se introdujo en el mundo de los restaurantes y supermercados, sus vecinos calabreses llevaban explotando ese filón muchos años, por lo que le tomaron por un competidor desleal. No le importo demasiado, su familia siempre había andado en peligro y siempre se habían protegido unos a otros.

Lucca Saviano, el hombre de la ventana, advirtió que el sistema de seguridad del señor Romanesi era perfecto. Varios coches, colocados en sitios estratégicos, evitaban el acceso a la plaza y unos cuantos hombres, sin duda armados, circulaban a pie para controlar hasta los sitios más inaccesibles. Ninguno de ellos era policía, de eso estaba seguro. Aquella gente no los necesitaba para protegerse, los compraba y los sobornaba, pero la familia se encargaba de la protección.

Llevaba años detrás de ellos. No descansaría hasta lograr encerrarlos. Sería un iluso si pensara que todos acabarían en la cárcel, porque era evidente que cuando uno caía, un nuevo sucesor tomaba las riendas. No obstante, su objetivo era capturar al mayor número posible de hombres pertenecientes a La Familia. Era consciente de su ardua tarea porque tanto jueces como fiscales no duraban en la región de Campania el tiempo suficiente como para llevar a cabo un proceso en condiciones. En cuanto les era posible, pedían el traslado a otra parte del país.

Y allí estaba, tras unos cristales, espiando todos y cada uno de los movimientos del gran jefe. Giuseppe Romanesi rondaba los sesenta años. A pesar de su pelo blanco y su aspecto envejecido, tenía una fortaleza envidiable. Ese día lo había visto entrar a la iglesia con un traje impecable y una gran sonrisa, que anunciaba su buen humor; al fin y al cabo, su hijo se iba a casar con la hija de un gran amigo suyo. Habían sellado un pacto imposible de romper.

Un movimiento en las puertas le indicó a Saviano que la ceremonia había terminado. Agarró su máquina de fotos y se dispuso a inmortalizar a todas las personas que habían acudido al evento. Reconoció a muchas de ellas porque entre los invitados estaban muchas de las personas que llevaba investigando desde hacía años.

Las escaleras de la catedral se llenaron de gente esperando la salida de los novios, y los guardaespaldas, identificables a todas luces, tomaron posiciones. Cuando los novios aparecieron bajo el arco de la puerta, los aplausos ensordecieron por un momento a todos los presentes. Entre todo aquel ruido de vítores y felicitaciones, lo que pasó a continuación quedó del todo amortiguado. Solo cuando alguno de los invitados cayó al suelo, se dio cuenta de lo que estaba sucediendo. A pesar de toda la seguridad, alguien se había atrevido a disparar entre toda aquella multitud.

Con una frialdad, que Jack el destripador habría envidiado, Lucca enfocó el zoom de su cámara y comenzó a fotografiar la secuencia de los hechos. La policía no tardaría en llegar, y esas fotos podrían ayudarles mucho en la investigación.

Le pareció ver hasta tres cuerpos tumbados en el suelo. Los más allegados se arremolinaban en torno a ellos, mientras que otros muchos optaban por desaparecer. Acercó la imagen con el objetivo y vio que uno de los heridos era el consejero de Don Giuseppe. No cabía duda de que habían apuntado alto. A los otros dos no los veía bien. Lucca paseó la lente por los asistentes; parecía que estaba en medio de todo aquel lío sin dejar de ser un mero espectador. Su recorrido se detuvo en una mujer: Alessandra Romanesi. Una mujer morena de grandes ojos negros que lo había obsesionado desde la primera vez que la había visto. En ese momento miraba hacia arriba, en su dirección, como si supiera que él la estaba observando.

Las sirenas de la policía comenzaron a oírse. Lucca pensó que había llegado el momento de hacer acto de presencia. Guardó la cámara y sus accesorios y se dispuso a enfrentarse a aquel maremagnum.

Supo que estaba allí antes de verlo. Cada vez que aparecía cerca de ella, una especie de escalofrío le anunciaba su presencia. Se giró despacio y lo vio avanzar hacia donde estaba parada. Su imponente figura se acercaba con paso inexorable y tuvo la certeza de que no tenía escapatoria. Sus ojos, de un raro color marrón claro, estaban clavados en los suyos como si quisiera arrancarle todos sus secretos.

—Inspector Saviano —saludó con un leve movimiento de cabeza—, sabía que no tardaría mucho en aparecer.

El sonido de la voz de aquella mujer lo ponía nervioso. Bajo y controlado, como toda su persona.

—Señorita Romanesi —le devolvió el saludo—, siento encontrarla en unas circunstancias tan difíciles para usted y su familia.

Ella lo miró con los párpados entrecerrados. Aquella muestra de simpatía no podía ser sincera. La única misión en el mundo del inspector parecía ser perseguir a su familia. Siempre que se lo encontraba era por motivos difíciles, como él los había llamado.

Ante el silencio de la mujer, Lucca decidió que el momento de los formalismos había terminado.

—¿Qué ha pasado? —preguntó con algo de brusquedad. Quería terminar cuanto antes con aquella testigo.

Ella hizo un gesto con las manos, señalando todo aquel caos que la rodeaba. Ambulancias, carreras, gritos…

—Es evidente ¿no cree? —contestó con sarcasmo.

Por aquel camino no iban a llegar a ninguna parte, pensó Lucca, que, sin vacilar, cambió de estrategia.

—¿Quiénes son los heridos?

En esa ocasión, sí que vio aflicción en su mirada.

—Mi tío Cesare y dos primos lejanos.

Así que había visto bien. La mano derecha y consejero del Don, además de su hermano, era uno de los heridos. Él era quien llevaba las finanzas y quien contrataba a los jefes de los grupos. Sin duda había sido un golpe duro y certero a la familia.

—¿Alguna idea de quién ha podido hacerlo? —preguntó a sabiendas de cual sería la respuesta

—Ninguna. —La mirada de Alessandra se mantuvo fija en los ojos de Saviano, sin pestañear, retándole a que le dijera lo contrario.

—Señorita —habló con una paciencia que no sentía— me gustaría atrapar a quienes han hecho esto a su familia.

—No se preocupe, serán descubiertos y castigados –dijo sin dudarlo ni un segundo.

—Ese es mi trabajo —sentenció.

—Mi familia se encargará de todo —manifestó con seguridad— Nosotros solucionamos nuestros problemas.

Eso es lo que me temo” se dijo Lucca a sí mismo.

—No me gustaría que se metiera el líos Alessandra.

Al llamarla por su nombre parecía que la conversación se había vuelto más personal. Un destello brilló en los ojos de la chica, pero fue tan rápido que podía haberlo imaginado.

—Yo nunca me meto en líos, inspector. Soy abogada. —Lo miró con dureza. Había vuelto a levantar el muro que había entre ellos.

Lo sabía demasiado bien. Habían coincidido en los juzgados alguna vez, y lo que se temía era que usara su título para librar a los miembros de la Camorra de la cárcel, con lo que, algún día, ella también terminaría allí. Hasta el momento no tenía constancia de que hubiera hecho nada parecido, por eso le advertía.

Las ambulancias abandonaron la plaza. Don Giuseppe, con cara de preocupación, hizo un gesto a su hija para que se acercara a la limusina.

—Tengo que irme —anunció— y no puedo ayudarle en nada más.

Con un gesto de su mano le indicó que podía marcharse. Aquello era de lo más frustrante. Tendría que estar acostumbrado, pero una y otra vez se sublevaba. Debía de haber alguna manera de detener todo aquello.

―Misión cumplida, signore ―anunció el individuo.

Vittorio Buscetta respiró con alivio. Sentado en un inmenso sillón de cuero, había sujetado el teléfono con una fuerza inusitada hasta recibir la esperada noticia. El trabajo que había encargado era delicado, por eso había escogido a dos de sus mejores hombres. Esperaba que no le fallaran, y así había sido.

Los hombres como Giuseppe Romanesi necesitaban un aviso en condiciones para captar que se estaban metiendo en un terreno que no era el suyo. Ya le había enviado alguna advertencia previa, pero no se había dado por aludido. Esperaba que esta vez hubiera captado el mensaje.

―¿Algún muerto? ―preguntó con voz suave.

―Aún no lo sabemos signore ―no le gustaba fallar a su jefe y había hecho el trabajo lo mejor que había podido dadas las circunstancias―. Hemos contabilizado tres ambulancias.

―Bien ―contestó Don Vittorio. Aunque no hubiera nadie muerto, se daba por satisfecho―. Podéis tomaros unas vacaciones. Buen trabajo.

A partir de ese momento, él se encargaría de hacer el seguimiento. Le gustaba que un mismo trabajo lo hicieran equipos diferentes, de modo que unos no supieran en qué andaban los otros. De esa manera era mucho más difícil seguirles la pista. Podía caer uno, pero, el resto de la organización, sobre todo él, estaba a salvo.

Capítulo 2

Vicenzo Scotti, ministro del Interior, paseaba nervioso ante la atenta mirada del jefe de policía. El ambiente estaba tan caldeado que iba a explotar haciendo saltar por los aires todo el trabajo realizado.

—No podemos continuar así —dijo mientras se detenía ante su visitante—. Si sigue muriendo gente, la opinión pública nos va a machacar.

—Llevamos un siglo con el problema y se ha hecho tan grande que ni usted ni nadie va a poder apuntarse el tanto de su erradicación—. Contestó el policía.

—No soy tonto, conozco la realidad. La situación en la que nos encontramos es gravísima —explicó el político—. Solo en las cuatro regiones del sur se apuntan más del setenta por ciento de los homicidios premeditados ocurridos en Italia.

—Y usted no cree que sea casualidad.

—¡Pues claro que no! —exclamó con contundencia Scotti—. Ayer hubo otro ataque. Tres muertos. ¿Sabe quiénes eran?

El jefe de policía estaba seguro de quien andaba tras aquellos atentados. No había que ser muy avispado para deducirlo.

—Por supuesto que lo sé. Miembros de la Camorra napolitana.

—¿Podría decirme quien capitanea a esos matones?— El ministro estaba impaciente por encontrar el mayor número de respuestas y por poner fin a aquel último altercado.

—Podría apostar a que la Ndràngheta calabresa no anda muy lejos, pero, como siempre, no hay pruebas. Podemos hacer conjeturas. Demostrarlo es otra cosa.

—El gobierno ha aprobado una serie de medidas políticas para combatir el crimen organizado, no obstante, seguimos necesitando su colaboración. Ahora más que nunca.

El jefe de policía se puso en pie.

—Empezaremos por el último asesinato. No hay que ser muy listo para saber que los Romanesi buscarán venganza. Nos pegaremos a ellos como lapas.

El ministro le acompañó hasta la puerta. La esperanza de conseguir algo positivo era mínima, pero por algún sitio había que empezar.

—Espero noticias suyas.

—Las tendrá. — aseguró el jefe de policía. Ya sabía quien iba a ser el encargado de la vigilancia. Conocía a la persona adecuada. Lucca Saviano había dedicado su vida a la lucha contra la mafia y estaría más que dispuesto a colaborar.

Capitulo 3

La llamada que acababa de recibir había cambiado su estado de ánimo. Al fin parecía que los políticos y los jefes tomaban cartas en el asunto, lo que facilitaría mucho su trabajo. Por supuesto, había aceptado su propuesta con entusiasmo. Su misión: infiltrarse en la organización como policía corrupto. No sería el primero en formar parte de la plantilla de don Giuseppe.

Desde la central se encargarían de falsificar sus antecedentes, que con seguridad consultarían antes de proponerle sus primeros trabajos. Pequeños detalles puestos aquí y allá le señalaban como un buen candidato para ser sobornado.

El siguiente paso era ponerse en contacto con ellos, y sabía cómo hacerlo.

Alessandra salía del juzgado distraída, y no vio al hombre que se acercaba. Un ligero golpe la sacó de su despiste.

—Perdón —se disculpó de forma automática antes de reconocer a la persona con la que había chocado—. ¡Teniente! No le había visto.

Una sonrisa lenta y atractiva iluminó la cara del aludido.

—No se preocupe, ha sido un placer.

Ella lo miró con cierta sospecha. El policía no parecía el mismo. En los últimos días se lo había encontrado muy a menudo, y su aspecto era más relajado.

—¿Está seguro?

—Claro. Iba a comer. ¿Me acompaña?

Aquella sí que era una pregunta extraña. Que había una atracción entre ellos era evidente. Existía desde la primera vez que se habían visto y era una tontería negarla. Sopesó tanto la pregunta como la respuesta. ¿Por qué no? se dijo.

—De acuerdo —aceptó.

Ese consentimiento lo dejó bastante sorprendido. No lo esperaba. Había sido demasiado fácil, pero era una magnífica ocasión para lograr el acercamiento que perseguía.

Introducirse en una organización criminal no se hace de la noche a la mañana, pero él tenía una de las mejores llaves para abrir la puerta; La hija del Don. Desde la mañana que la había invitado a comer, habían salido varias veces, incluso había hablado con Don Giuseppe en alguna ocasión. Alguien había estado investigando en su ficha policial, probablemente algún compañero, y por la forma en que era aceptada su amistad con Alessandra, debía haber pasado el examen.

Unas semanas después lo invitaron a cenar en casa del mafioso, y unos días más tarde, sorteó su primera prueba. De forma accidental, fue testigo de un delito menor al que hizo la vista gorda. La siguiente vez, la infracción fue más grave, pero su respuesta fue la misma. Un día, el señor Romanesi le pidió un “favor”, que él atendió de forma diligente. Poco a poco y con mucha paciencia, fue aceptado en la familia.

Nunca se hablaba de cosas importantes delante de él, para eso faltaba mucho tiempo, pero siempre podía captar detalles que, por muy pequeños que fuera, podían ayudarle en su trabajo.

Mañana. Cuando anochezca. Un silencio prolongado—. En el Castell dell’ovo.

Lucca prestó atención a la conversación que, por teléfono, tenía lugar en la habitación de al lado. Acababa de llegar a la casa para acompañar a Alessandra, y la persona que hablaba, seguramente Don Giuseppe, no sabía que tenía compañía.

Por lo que parecía, al día siguiente, en ese lugar, tendría lugar una especie de cita. Era un sitio muy peculiar, lo conocía y si lo pensaba bien, era el más adecuado. Una antigua fortaleza situada en un islote, con un único punto de acceso y rodeado de cortados al mar. Saviano sabía que era muy complicado reservarlo, pero con el dinero y las influencias de la familia Romanesi, aquello era un mero trámite.

Se despidió con precipitación de Alessandra, quien quedó algo extrañada por aquella salida tan brusca y se dirigió a la comisaría. Tenían trabajo.

La reunión tenía lugar en la sala dedicada a comedor del castillo. Por fin, Don Vitorio Buscetta, capo de los calabreses, y Don Giuseppe Romanesi, capo de la camorra, se habían reunido para hablar de negocios. Al evento habían asistido el consejero de Buscetta -Romanesi aún no había encontrado sustituto- y algunos jefes de equipo. En realidad la reunión era una primera toma de contacto para firmar un acuerdo. El tráfico de armas y las drogas eran de los calabreses. El napolitano podía quedarse con los restaurantes. Si trabajaban unidos, tendrían más poder y serían más difíciles de detener.

Lucca esperaba su oportunidad. La brigada antimafia estaba avisada y todo el protocolo de actuación se había puesto en marcha. No obstante, el asunto se había vuelto personal, de modo que él se había adelantado. Subió por la resbaladiza calle de acceso al castillo y buscó el sitio apropiado para esconderse. Entre tanto arco y tanto personal de servicio no le costaría mucho, lo malo era la amplitud de la sala central. Tendría que conformarse con espiar de lejos.

Tras la cena, los dos capos se levantaron y se dirigieron a la parte más alta de la fortaleza. Lucca se deslizó por uno de los arcos. Los hombres estaban tan seguros de que el edificio estaba bien defendido que subieron solos a la terraza de los cañones. Allí podrían hablar con entera libertad. Los siguió y se acercó lo máximo posible. Sus voces llegaban a él con bastante nitidez. No podía creer en su buena suerte. Los planes de la negociación se grabaron en su cabeza como si los hubiera escrito con fuego.

Cuando los hombres se alejaron conversando entre risas, ya relajados tras haber concretado su alianza, el policía se dejó caer sobre la pared. La tensión acumulada no le dejaba ponerse en pie. Un pequeño ruido le hizo levantar la cabeza. Delante de él, erguida como un ángel vengador, estaba Alessandra. ¿Cómo iba a explicarle su presencia allí?

Alessandra dijo en voz baja.

Ella hizo un movimiento rápido y lo único que pudo oír antes de ver un destello cegador, fue el silencio de un disparo.

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21 Mayo 2008

Último relato corregido por Alberto (Diana)

NO ME ACOSTUMBRO

―Shhitt... shhitt..., ¡Rosario!...

―…

―Rosario, ¡ábreme!

―¿Quién es?

―Soy yo, ¿quién iba a ser?, ábreme por favor.

―¿Tú otra vez? ¡Vete! Ya hemos hablado, no tenemos nada más que decirnos.

―Ya lo sé, pero hace frío, déjame pasar.

―Ya hemos hablado de eso también, vete.

―Rosario, ten compasión.

―No empieces otra vez. No intentes darme lástima como siempre, que ya sabes lo que hay.

―Que sí, que sí, pero... déjame entrar, ¿no podemos hablar adentro como las personas normales y no desde la ventana?

―¡Sabes bien que tú no eres una persona normal!

―Es que todavía no me acostumbro...

―Oye, que yo tengo que dormir, que mañana tengo faena, no como tú que no haces nada en todo el día...

―Venga, Rosario, ábreme. Me acuesto a tu lado y te prometo que no te molesto.

―Anda, pasa. Pero es la última vez, ¿me entiendes?, ¡la última vez!

―Que sí, que sí, la última vez.

―...

―¡Ay, tienes los pies helados!

―Te lo dije, afuera hace mucho frio... Claro, como tú estás aquí, en nuestra cama, tan calentita...

―Te recuerdo que ya no es “nuestra” cama, y ésta ya no es “tu” casa, tú ya no estás aquí.

―Esto es muy duro, Rosario...

―Pues es lo que hay. No me des la paliza y déjame dormir.

― ...

― Rosario...

― ...

―Rosario...

―¿¡Qué quieres!?

―¿Por qué no me dejas quedarme?, no te voy a molestar y te hago compañía.

―Porque yo no necesito tu compañía y porque las cosas son como son, yo no las inventé, ¿te enteras?, cuando uno se muere, se muere y punto, no va por ahí incordiando a la gente.

―No seas cruel, mujer. Después de cuarenta y dos años juntos, ¿no me echas un poquito de menos?

―Pues mira por dónde, no, no te echo de menos. La verdad es que la viudedad me sienta estupendamente...

―Claro, si te hubieras muerto tú antes no dirías lo mismo.

―¡Pues haberte cuidado!, como yo... pero como el señor fumaba, el señor bebía, el señor comía lo que le daba la gana...

―Bueno, de algo hay que morirse, ¿no?

―¡Pues eso! ¡Que estás muerto y no puedes venir a molestar todas las noches!

...

―Rosario...

―¡¿Qué?!

―¿Es verdad lo que has dicho?

―¿Qué cosa?

―Que no me echas de menos.

―Bueno, echar de menos, lo que se dice echar de menos...

....

―Porque… tú me querías, ¿verdad?

―Hombre, eras el padre de mis hijos...

―Sí, pero digo querer... como se quiere a un hombre...

―Ay, Rogelio, haces cada pregunta...

...

―Rosario.

―¿Qué?

―Desde que me morí no dejo de pensar en cómo pude haberme equivocado de pastillas...

―Es que eras muy despistado.

―Sí, pero las pastillas me las organizabas tú...

―¡Pues haberte ocupado tú de tus cosas!

―Sí, pero... lo que quiero decir... es que no me cuadra...

―Anda, deja ya de darle vueltas, que te conozco, que cuando se te pone una idea...

―Rosario…

―¿Qué?

―¿Puedo volver mañana?

―¡Qué pesado eres!

―Es que por las noches hace mucho frío.

―No sé, mañana veremos. Ahora déjame dormir.

FIN

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16 Mayo 2008

Parece que nos vamos animando con el blog...ahí va otro relato. Diana

COMPÁS

L

a mujer se ha arreglado para la ocasión. Un vestido negro de tirantes muy finos deja al descubierto su espalda. El enorme escote realza sus pechos menudos. La falda le llega por debajo de la rodilla, la fina tela se pega a su cuerpo insinuándolo. Zapatos de tacón dorados y medias de rejilla. Demasiado maquillada tal vez, los labios muy rojos de carmín. Ha encendido un cigarrillo y deja vagar su mirada hacia lo lejos. Finge no saber que ha entrado su hombre, de traje de raya diplomática, algo anticuado. Él le sigue el juego. Se acerca con paso felino. Los hombros hacia atrás, la barbilla levantada, la mirada altiva. Se coloca detrás de la mujer. Ella sigue fingiendo que no ha notado su presencia. Él contempla la espalda desnuda de la muchacha, mira con descaro su trasero sensual y vuelve a subir la vista. De un manotazo le arranca el cigarrillo de la mano y lo apaga con el pie. Ella se mantiene impasible, desafiante. La toma con brusquedad, la hace girar y la aprieta contra su cuerpo. La joven lo rechaza y retrocede dos pasos. Él avanza resuelto, conquistador, seguro del poder que ejerce sobre ella. En un gesto de abandono la joven echa la cabeza hacia atrás, ofreciéndole el cuello blanco y delicado. El hombre acerca los labios pero se retira sin rozar la piel. Afloja el abrazo y la toma tímidamente de la cintura con una mano. Ella, entregada, se cuelga de sus hombros y lo mira fijamente a los ojos. Pega su pelvis a la del varón y, lentamente, con sensualidad, levanta una rodilla rozando provocativamente su muslo. Sus cuerpos se acompasan, sus caderas se mueven a un mismo ritmo. De pronto, como avergonzados por un gesto tan osado, se distancian unos pasos. Él la toma de la mano y la atrae nuevamente. La mujer vuelve a ofrecerle el cuello pero esta vez es el hombre el que la rechaza, se aleja unos metros y se detiene. Ella corre detrás y, con una pose muy estudiada, se arroja a sus pies sin perder la compostura, sin alterar la elegancia de sus movimientos. El hombre se conmueve, se gira y la levanta con dulzura hasta que ella despega los pies del suelo y la mantiene un instante en vilo. Los ojos en los ojos. La pasión en la boca, el deseo en todo el cuerpo. La orquesta toca los últimos acordes del tango y el público estalla en aplausos. La pareja permanece congelada en la erótica figura unos segundos y finalmente se relajan. Sonríen a la vez. El hombre la toma de la mano y la invita a saludar con un gesto de la cabeza. Luego avanza él también hasta el borde del escenario, coloca su mano derecha sobre el corazón e inclina la cabeza. El público de pie, redobla los aplausos. El bailarín busca la mirada de su compañera, no quiere que ese momento acabe, no quiere tener que despedirse de ella otra vez y esperar hasta la noche siguiente para poder desearla nuevamente, para volver a sufrir con su indiferencia impostada, para arrancarle de un manotazo el cigarrillo y volver a temblar cuando sus caderas se junten y ella respire su aliento.

FIN

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14 Mayo 2008

El artefacto diabólico

por Carmen Pérez García © 2008

¡Socorro! Mi cabeza gira como la cabeza de la niña de El Exorcista. Quiero que esto pare para poder bajar de una vez. El estómago es otra de las partes de mi cuerpo empeñada en no permanecer quieta en su sitio, y las piernas suben y bajan como si estuvieran rotas por la rodilla.

Me dicen que es una experiencia maravillosa. Una experiencia, desde luego que lo es. En cuanto a lo de maravillosa, tendría mucho que decir al respecto. No veo la maravilla en estar encaramada de este armatoste, que es la copia exacta de una nave espacial. Si hubiera querido viajar en una, sería astronauta, no una funcionaria aburrida.

Diez, nueve, ocho… Odio la altura, odio la velocidad. ¿Qué demonios hago aquí arriba? Tres, dos, uno… Una mano se apoya con timidez en mi brazo, y una voz alta y poderosa, no sé cómo puede permanecer así después de semejante vapuleo, me dice: “Hemos llegado”.

Abro los ojos con lentitud y miedo a la vez. Parece que, por fin, nos hemos detenido. Separo la barra metálica que me mantiene unida al asiento para evitar que salga despedida como un cohete de la rampa de lanzamiento, e intento ponerme en pie. Mis piernas se doblan como si en estuvieran hechas de gelatina, y vuelvo a caer sentada sobre el duro asiento de esta máquina infernal, que me atrae como si yo fuera un pequeño alfiler colocado junto a un imán. Al segundo intento lo consigo. Todavía temblorosa y con la ayuda correspondiente, consigo dar unos pasos inseguros. Ahora viene lo mejor, bajar las escaleras con algo de dignidad en vez de caer rodando por ellas. Sujeto con fuerza el brazo que me mantiene erguida, y desciendo simulando una seguridad que no tengo. Al pisar tierra firme sin haber hecho el ridículo más espantoso, lo único que viene a mi mente es decir: “Prueba superada”.

Mis amigos dicen que éste es uno de los mejores sitios para divertirse. ¡Ja! Error monumental. La próxima vez debo informarme de lo que ellos entienden por diversión. Si que te pongan cabeza abajo, te lancen como si fueras el hombre bala, o te dejen caer como si arrojaran un balón desde la terraza del Empire State, es divertido, prefiero aburrirme de forma soberana. Estar en este sitio es como encontrarse con el atracador que te da a elegir entre susto o muerte.

Miro a mi alrededor y veo a multitud de personas que parecen pasarlo en grande, pero también es cierto que aquí y allá, distingo algunas que parecen tan perdidas como yo. Seguro que también cayeron en la trampa.

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13 Mayo 2008

Un par de cuentículos y un relato corto (Paula)


EL FINAL DE UN REINADO

Pero a la mañana siguiente, entre la resaca, la princesa descubrió que la vida continuaba más allá del cuento.


APOCALIPSIS

Y Dios dijo: Apáguese la luz, y el mundo desapareció.

LA VENTANA


Ni siquiera sabía pronunciar el nombre de mi enfermedad, pero intuía el poder de esa palabra, mucho más intenso que el pálido de mi piel y que el rojo de la sangre que escupía al toser. La primera vez que la oí nombrar fue de los labios del médico, a los pies de mi cama. Recuerdo el gesto de mi padre al escucharlo, las lágrimas de mi madre, a mi tía Eugenia sacando a mi hermana pequeña del dormitorio… A partir de entonces mi vida se iba a ver reducida a aquellas cuatro paredes.
Al menos tenía mi ventana. Aquella ventana con sus visillos lánguidos que retrataba el único ángulo soleado de un parque más bien pequeño. Ése fue durante meses mi único contacto con el mundo exterior. Desde allí veía a los niños jugando a la salida del colegio. Reían, gritaban, corrían, saltaban… alargaban las breves tardes revolviendo la hojarasca o escondiéndose entre los árboles desnudos. No hacía tanto tiempo que yo mismo había compartido juegos con ellos, y sin embargo me parecían extremadamente lejanos desde detrás del cristal. Como si perteneciesen a un universo diferente.
Eran contadas las visitas que recibía al cabo del día. El primero, puntualmente cada mañana, era el médico. Entraba siempre acompañado de mi madre, a la que veía cada vez más pequeña y más arrugada conforme pasaban los días. Era una visita silenciosa en la que se limitaba a auscultarme, tomarme la temperatura y preguntarle a mi madre cómo había pasado el día anterior. Nunca se dirigía directamente a mí, y sin embargo yo tenía la sensación de que de alguna manera me protegía. Cuando sea mayor, seré médico, pensaba en cuanto salía por la puerta de mi cuarto.
Al caer la tarde, justo cuando los chavales ya comenzaban a dirigirse a sus casas y la escasez de luz me dificultaba disfrutar del parque desde la ventana, era cuando llegaba el maestro. Entraba siempre con una sonrisa en los labios, a pesar de que se le notaba el cansancio en el rostro y en el pelo canoso. Él nunca supo cuanto me alegraba su presencia, aunque el polvo de la tiza en su traje oscuro y entre sus dedos me hacía recordar el aula, el verde de las pizarras y el griterío de los compañeros. Sin ellos las matemáticas eran mucho más áridas si cabía. Cuando sea mayor seré maestro, pensaba entonces, y llevaré siempre las manos manchadas de tiza.
Un día el médico ya no vino más y yo pensé que me había curado del todo. Anduve toda la mañana asomado a la ventana. La primavera estaba comenzando a hacerse presente en los árboles del parque, salpicándolos de tímidos tonos verdes. Alguien trajo flores y las colocó sobre mi cama. La primavera en mi dormitorio. Me pareció un bonito detalle.
Sin embargo, me resultó muy extraño ver entrar a mi madre, aún más pequeña y arrugada, vestida de negro riguroso y llorando desconsolada mientras mi padre y la tía Eugenia la sujetaban por las axilas. Entonces me vi a mí mismo tumbado sobre la cama y comprendí que nunca sería médico, ni maestro, ni volvería a jugar con mis compañeros del colegio.
Aún así, nunca he renunciado a mi ventana. Soy yo quien mueve los visillos y mancha los cristales con mis pequeños dedos helados.

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23 Abril 2008

La bala (Diana)

Este es el relato que sigue a la noticia: "Un atracador mata a un policía en Valencia durante el asalto a una caja de ahorros"

LA BALA

L

o peor de todo es la espera, no saber exactamente cuándo tendrás que cumplir la orden. Es una gran responsabilidad. Se supone que todo está previsto, planificado, pero al fin de cuentas, yo sólo cumplo órdenes: seguir la trayectoria que otros han trazado pero, evidentemente, si luego algo sale mal, como siempre la culpa es mía. Ya sé que diréis que es mi trabajo, pero me parece una putada, yo no decido cuál es el objetivo, en qué momento se va a producir, yo simplemente ejecuto. Y sí, sí señor, ya ha pasado otras veces, no me lo estoy inventando, como el caso aquel del policía que murió en un atraco, a ver quién fue el que planificó el operativo, digo yo, porque a mí, que soy una mandada, las cuentas no me salen, yo debo limitarme a esperar en la recámara, estar muy atenta porque el disparo se puede producir en cualquier momento y luego seguir la trayectoria, cosa nada fácil porque pueden intervenir multitud de factores distorsionantes: la distancia, la intensidad del viento, el pulso del que empuña el arma, si el objetivo está quieto o en movimiento, en fin, para una simple bala como yo la vida no es nada grata.

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